España no duerme
Las cifras de la Sociedad Española de Neurología (SEN) dibujan un país cansado. Según sus estimaciones, el 48% de la población adulta no tiene un sueño de calidad y el 54% duerme menos de las horas recomendadas. Más de 12 millones de personas se levantan con la sensación de no haber descansado o terminan el día agotadas, y más de 4 millones padecen algún trastorno del sueño crónico y grave.
El más frecuente es el insomnio, que afecta a entre el 20% y el 30% de la población adulta, seguido del síndrome de piernas inquietas y de la apnea del sueño. Lo preocupante no es solo cuántos lo sufren, sino cuántos lo ignoran: la SEN calcula que la mayoría de los casos no está diagnosticada y que el retraso en el diagnóstico puede llegar a una década. Menos de un tercio de quienes duermen mal llega a consultar con un médico.
Los especialistas lo resumen sin rodeos: dormir mal no es una molestia, es un problema de salud. Se ha relacionado con más riesgo de obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedad cardiovascular y mortalidad prematura.
La factura económica del cansancio
Si el argumento de la salud no convence, el de la cuenta de resultados suele hacerlo. El estudio más citado sobre el tema, Why Sleep Matters, elaborado por RAND Europe con datos de más de 60.000 trabajadores, calculó lo que la falta de sueño cuesta a cinco grandes economías:
| País | Pérdida anual estimada | % del PIB | Jornadas perdidas al año |
| Estados Unidos | hasta 411.000 M$ | 2,28% | 1,2 millones |
| Japón | hasta 138.000 M$ | 2,92% | unas 600.000 |
| Alemania | hasta 60.000 M$ | 1,56% | unas 209.000 |
| Reino Unido | hasta 50.000 M$ | 1,86% | unas 207.000 |
| Canadá | hasta 21.400 M$ | 1,35% | unas 79.000 |
España no figuraba en el análisis, pero con casi la mitad de su población adulta durmiendo mal, no hay motivos para pensar que sea una excepción.
El coste llega por dos vías: el absentismo (faltar al trabajo) y, sobre todo, el presentismo (ir a trabajar y rendir por debajo de lo normal). Según el mismo estudio, quien duerme menos de seis horas pierde de media alrededor de seis días de trabajo al año en productividad, y tiene un riesgo de mortalidad un 13% mayor que quien duerme entre siete y nueve horas. Dormir entre seis y siete horas ya eleva ese riesgo un 7%.
El informe también señala qué roba sueño: las preocupaciones económicas (unos 10 minutos menos por noche), los trayectos largos al trabajo, los horarios irregulares y la falta de control sobre la propia jornada. Es decir, el entorno laboral forma parte del problema y, por tanto, de la solución.
Diecisiete horas despierto: como conducir con alcohol
Uno de los datos que más impacto causa procede de un experimento clásico de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Williamson y Feyer, 2000). Tras 17 a 19 horas sin dormir, el rendimiento de los participantes en la mayoría de pruebas de atención y reacción era igual o peor que con una tasa de alcohol en sangre de 0,05%, el límite legal general para conducir en España. Con algunas horas más de vigilia, el deterioro equivalía a una tasa de 0,10%.
Piénsalo en términos de agenda: alguien que se levanta a las 6:00 y sigue respondiendo correos o tomando decisiones a medianoche lleva 18 horas despierto. Sus propios investigadores advertían de que es un nivel de cansancio que muchas personas alcanzan en un día largo cualquiera, sin darse cuenta.
El mito del emprendedor que no duerme
Durante años, la cultura emprendedora ha celebrado dormir poco como prueba de compromiso. Hoy el discurso está cambiando: cada vez más directivos hablan de gestionar la energía y no solo el tiempo, y figuras como Arianna Huffington, fundadora de HuffPost, convirtieron su propio colapso por agotamiento en una campaña a favor del descanso como herramienta de rendimiento.
Para quien dirige un negocio pequeño, el riesgo es mayor que para un empleado: cuando el cansancio afecta al juicio, se resienten las decisiones sobre dinero, clientes y personas, y no hay nadie por encima que lo compense. Dormir bien deja de ser un lujo y pasa a ser una inversión en la calidad de cada decisión.
Qué pueden hacer las empresas
Los autores del estudio de RAND proponen medidas concretas para empleadores, muchas de ellas al alcance de cualquier pyme:
- Reconocer el sueño como parte de la salud laboral, igual que la ergonomía o la prevención de riesgos.
- Desconexión real: evitar correos y mensajes fuera del horario y desaconsejar el uso intensivo de pantallas al terminar la jornada.
- Espacios con buena luz natural y, cuando sea posible, lugares para una breve pausa o siesta.
- Flexibilidad horaria y teletrabajo para reducir trayectos largos, uno de los factores que más sueño restan.
- Horarios previsibles: los turnos irregulares y la falta de control sobre la jornada se asocian a dormir menos.
Guía práctica: siete hábitos para dormir mejor
- Horario fijo, también el fin de semana. Acostarse y levantarse a la misma hora es lo que más ayuda al reloj biológico.
- Luz por la mañana, penumbra por la noche. Salir a la luz natural temprano y bajar la intensidad de luces y pantallas al final del día.
- Cierre de jornada. Fija una hora a partir de la cual no revisas correo ni tomas decisiones de trabajo.
- Café con fecha de caducidad. Evita la cafeína a partir de media tarde.
- Cuidado con la copa de la noche. El alcohol ayuda a quedarse dormido, pero hace el sueño más ligero y menos reparador.
- La cama, para dormir. Trabajar o ver series en ella dificulta que el cerebro la asocie al descanso.
- Consulta si dura. Si duermes mal varias noches por semana durante más de tres meses, o roncas y te despiertas cansado, habla con tu médico. El insomnio y la apnea tienen tratamiento, y no siempre pasa por pastillas.
En cifras
- 48% de los adultos en España no tiene un sueño de calidad (SEN).
- Más de 4 millones de españoles sufren un trastorno del sueño crónico y grave (SEN).
- 2,28% del PIB de EE. UU. se pierde cada año por la falta de sueño (RAND Europe).
- 6 días de productividad perdidos al año por quien duerme menos de 6 horas (RAND Europe).
- 17-19 horas despierto equivalen a conducir con 0,05% de alcohol en sangre (Williamson y Feyer).

